Performance del artista Bësákkò Bià Rihólè durante la inauguración de la exposición Póchó Guimarães. Malabo y las obras que hablan. Cortesía del Centro Cultural de España en Bata (CCEB), 2026.

Escrito por Laura José Iserte

6 de octubre, 2026

El pasado viernes 4 de septiembre inauguramos una de las mayores exposiciones de nuestro programa expositivo anual. Pusimos mucha energía y cariño en esta muestra; reservamos un mayor presupuesto, movilizamos obra desde España, una comunicación curada… La exposición consistía, además, de un monográfico sobre Pocho Guimaraes, artista muy conocido y querido en Guinea Ecuatorial. Sin embargo, no acudió tanta gente como esperábamos.

Podemos interpretar esta ausencia de “aforo completo” como falta de interés o falta de hábito cultural, o podríamos cuestionarnos en su lugar por la pertinencia del dispositivo de activación. ¿Y si el problema no fuera cómo conseguir que más gente venga a nuestras inauguraciones, sino nuestra insistencia en que la inauguración debe ser un momento socialmente relevante? ¿Por qué debería ser una inauguración el espacio desde el que esperamos que una comunidad establezca una relación con una exposición?

Cuando me mudé a Guinea Ecuatorial, sabiendo que el Centro Cultural de España en Bata (CCEB) era uno de los pocos centros culturales activos de la zona continental del país, di por hecho que el alcance en masa sería más que obvio. Pienso, con el tiempo, que quizá aquella idea inicial decía más de mis expectativas sobre lo que debe ser un centro cultural que del territorio en el que se encuentra. En otras palabras: yo daba por sentada la centralidad de la institución cultural.

Trabajar de manera situada no consiste únicamente en adaptar nuestros proyectos a un contexto diferente. Implica aprender a reconocer qué expectativas culturales llevamos incorporadas en nuestra propia manera de programar, mediar y evaluar.

 

Programar

Trabajar desde una institución cultural española en Guinea Ecuatorial obliga a preguntarse desde qué posición se programa; una posición atravesada por un pasado colonial, asimetrías materiales y simbólicas. Incluso la buena voluntad de “dar espacio” puede reproducir una relación vertical si seguimos siendo nosotras quienes decidimos qué espacio, cuándo y bajo qué condiciones.

El caso de esta exposición hace la pregunta algo más incómoda. No se trataba de una muestra desconectada del contexto ni de un artista llegado desde fuera: estábamos dedicando una de las grandes exposiciones del año a un artista ecuatoguineano. Por tanto, quizá la programación situada no pueda resolverse únicamente atendiendo a qué o a quién programamos. También obliga a preguntarnos cómo lo hacemos, mediante qué formatos y qué relación esperamos que establezcan los públicos con aquello que programamos.

Siento que este mismo cuestionamiento nos ha llevado a experimentar con distintos formatos, todavía de manera bastante experimental: visitas, conferencias, talleres… Y los resultados no siempre coinciden con lo que yo habría esperado. Una visita a una exposición de la mano del propio artista, por ejemplo, puede parecer a priori una propuesta con una gran capacidad de convocatoria y no tener el impacto esperado. Los talleres, en cambio, suelen tener muy buena acogida. No creo que esto permita concluir que un formato “funciona” y otro no, pero sí obliga a revisar algunas de las expectativas con las que los programamos.

También me parece interesante desplazar el lugar que ocupa la propia exposición dentro de la programación. El pasado julio, por ejemplo, sucedía en el CCEB el Moa Mboka, un festival de cultura urbana con batallas de freestyle, breakdance, conciertos y otras actividades. Decidimos que la exposición de ese periodo debía dialogar directamente con ese contexto y, tras trabajarlo con la artista Sol Bela Mele, surgió la exposición de fotografía de moda urbana When Life Feels Good. 

En lugar de pensar la exposición como el centro y construir después actividades a su alrededor, probamos el movimiento contrario: partir de lo que estaba sucediendo en la programación y hacer que la propuesta expositiva dialogara con ello. En este caso, la relación funcionó especialmente bien. La exposición se integró en un ecosistema más amplio de actividades, lenguajes y públicos y dejó de operar como un dispositivo aislado al que después había que “llevar” gente.

Reconocer otros saberes y modos de hacer no consiste simplemente en incorporarlos a una programación diseñada previamente. También implica permitir que alteren sus formatos, temporalidades y criterios de valor. Es decir; que la escucha logre transformar la institución. Un proceso mediante el cual la institución aprende a leer el territorio debería poder cuestionar sus propias categorías y modificar su manera de programar; en otras palabras, dejarse afectar por su contexto.

 

Mediar

Normalmente pensamos la institución cultural como agente que produce conocimiento hacia fuera, pero la experiencia territorial te obliga a invertir la dirección. La mediación deja de ser “llevar/acercar cultura” y empieza a convertirse en infraestructura de escucha, negociación y construcción de relaciones.

Me pregunto si reconocer que aquello que habíamos interpretado como ausencia, desinterés o falta de participación podría estar señalando los límites de nuestras propias formas de mirar.

Por supuesto, la asistencia a una inauguración no depende únicamente de la pertinencia del formato. En ella intervienen horarios, posibilidades de conciliación, movilidad, comunicación, hábitos culturales y otros condicionantes que no pretendo analizar ni podría explicar a partir de un único caso. La inauguración de Pocho o el Moa Mboka funcionan aquí más bien como puntos de partida para pensar una cuestión transversal: qué hacemos desde la institución cuando la respuesta de los públicos no coincide con la que habíamos imaginado.

La diferencia parece pequeña, pero cambia la dirección del movimiento. Ya no se trata únicamente de preguntarnos cómo hacemos que alguien se acerque a la institución. También de preguntarnos cuánto está dispuesta la institución a desplazarse.

 

Evaluar

Incluso aquello que consideramos espontáneamente un “éxito” (una inauguración llena, mucha participación, determinadas formas visibles de implicación…) responde a criterios que también tenemos que aprender a mirar críticamente.

La inauguración del 4 de septiembre tuvo menos asistencia de la que esperábamos. Eso es un hecho. Convertir esa cifra en la medida del éxito o fracaso de la exposición es ya otra cosa. La exposición continúa abierta, suceden actividades alrededor de ella y todavía quedan relaciones por construir. Una exposición no es su inauguración, igual que una programación cultural difícilmente puede reducirse a la suma de sus eventos.

Me cuestiono si detrás de algunas estrategias de desarrollo de públicos puede permanecer una lógica de conversión. El público que no viene debe convertirse en público que viene. El que no entra al museo debe entrar. El que no participa debe participar… ¿Por qué?

Esta pregunta me devuelve a una crítica que Grant Kester formuló ya en 1995 cuando analizaba determinadas prácticas artísticas comunitarias que, pese a presentarse como colaborativas y emancipadoras, podían seguir construyendo una relación desigual entre quien interviene y la comunidad sobre la que se espera producir una transformación. Su crítica se dirigía al arte comunitario estadounidense de los años noventa, no a la cooperación cultural ni al desarrollo de públicos. Pero la idea me sirve para mirar con cierta sospecha nuestra propia práctica: ¿hasta qué punto seguimos midiendo nuestra eficacia por nuestra capacidad para transformar al otro?

En los Centros Culturales de España esta pregunta adquiere para mí una dimensión particular. No somos instituciones que simplemente muestran cultura: trabajamos dentro de políticas de cooperación cultural, con objetivos, programas y resultados que alcanzar. Y entonces aparecen verbos institucionales que utilizamos continuamente: sensibilizar, capacitar, activar, fomentar, acercar, formar, atraer, desarrollar…

Son verbos que implican movimiento. Pero casi siempre el movimiento parece producirse en una misma dirección: alguien que debe acercarse, aprender, capacitarse, activarse o participar… Quizá trabajar de manera situada implique preguntarnos también qué verbos estamos dispuestas a conjugar desde la institución: escuchar, desplazarnos, negociar, revisar, cambiar, desaprender…

No creo que se trate de dejar de hacer inauguraciones, abandonar la búsqueda de nuevos públicos ni interpretar la ausencia como una respuesta suficiente. Pero ante una sala medio vacía quizá no baste con preguntarnos cómo llenarla. También podemos preguntarnos qué expectativas determinan nuestra lectura de esa ausencia, qué otras formas de relación con la exposición no estamos reconociendo y qué tendría que cambiar en nuestra propia manera de trabajar.

La inauguración del 4 de septiembre no me dio una respuesta. Me dejó una incomodidad útil. Quizá trabajar de manera situada empiece precisamente ahí: cuando dejamos de medir nuestro trabajo solo por aquello que logramos activar en los demás y aceptamos revisar cómo programamos, cómo escuchamos y qué decidimos reconocer como participación.

Para saber más

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Laura José Iserte es gestora y mediadora cultural. Su práctica se sitúa en la intersección entre la programación, las prácticas comunitarias y la reflexión crítica sobre las instituciones culturales. Ha colaborado con entidades como el Centre del Carme Cultura Contemporània, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Manifesta 15 Barcelona Metropolitana y la Embajada de España en Senegal. Actualmente trabaja en la coordinación y programación cultural del Centro Cultural de España en Bata (AECID), Guinea Ecuatorial.