Entrevista a Karin Weill Gonzáles

Escrito y entrevista hecha por Francisca Casas-Cordero, ISGlobal

2 de Junio, 2026

Entre los museos comunitarios del sur de Chile y las discusiones europeas sobre diversidad cultural, Karin Weil González lleva décadas explorando una importante pregunta: quién tiene derecho a definir qué memorias importan y cómo deben ser contadas. Antropóloga social, especialista en patrimonio y actual Directora Regional del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural (SERPAT) en la región de Los Ríos, Chile, Karin forma parte también del Advisory Board de PULSE-ART. En esta conversación, reflexionamos sobre memoria, patrimonio, procesos creativos y los desafíos de construir lo común en medio de la diversidad. 

 

Para empezar me gustaría que me contaras un poco de tu recorrido y de las principales líneas que atraviesan tu quehacer

Creo que venir del sur de Chile y no de la zona central metropolitana ya marca una diferencia. Yo estudié antropología social en una universidad que, si bien era privada, tenía una vocación pública muy vinculada a las necesidades de los territorios del sur. Y eso fue muy importante para mí, porque me formé a principios de los 90, en un contexto de posdictadura, en un territorio muy marcado por la diversidad cultural.

Desde mi formación como antropóloga social, mi quehacer se ha centrado en facilitar procesos comunitarios, desde el diagnóstico hasta la creación de programas sociales. Un hito fundacional fueron los dos años que viví en Isla de Pascua, donde realicé mi tesis sobre el impacto del turismo en los elementos culturales; una experiencia que marcó mi sensibilidad hacia la diversidad de los territorios. Esa línea de trabajo con comunidades ha sido una constante. He transitado por realidades diversas: desde el mundo rural y el pueblo Mapuche hasta el trabajo en programas de erradicación de campamentos en el sur de Chile. 

En los últimos 25 años, ese enfoque comunitario se ha especializado a través de los museos y el patrimonio. He impulsado proyectos de investigación, curatoría y creación de museos de base comunitaria en varias regiones del sur de Chile.

Bueno, y hoy en día me encuentro en la otra vereda, la de la institucionalidad estatal,  soy Directora Regional del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural (SERPAT) en la Región de Los Ríos, lo que me permite un ejercicio de doble vía: permear la política pública con la experiencia situada en los territorios y, a la vez, entender cómo hacer que el Estado trabaje de manera efectiva hacia las comunidades.

Y claro, en el centro de todo esto están los patrimonios, entendidos no como objetos aislados, sino como ecosistemas diversos —materiales e inmateriales, naturales y culturales— que se entrelazan para dar sentido a lo que somos.

 

Desde tu experiencia, ¿cómo dialoga el concepto de Cultural Awareness and Expression, que es el centro del proyecto PULSE-ART, con temas de memoria, patrimonio? 

Pienso que la memoria es fundamental. Si la entendemos como un fenómeno que trasciende lo individual, es lo que nos permite comprender la diversidad en nuestra condición de seres sociales. Aunque la cultura es una característica humana esencial, es la memoria la que nos otorga la capacidad de construir una narrativa distinta al ‘hecho histórico’ puro.

Hay una frase que puede sonar a cliché —que ‘todas las historias importan’—, pero su valor reside en que la memoria nos permite habitar una historia que no es solo el dato objetivo. Un fenómeno histórico puede ser global y concreto, como lo que representan el 11  septiembre para Chile o Estados Unidos, pero la diversidad radica justamente en cómo recordamos, cómo modificamos ese recuerdo y cómo lo vivimos frente a la realidad.

Es ese ejercicio el que nos permite construir sentido de pertenencia. A través de una memoria consensual, definimos lo compartido y lo común; es ahí donde nace lo que llamamos patrimonio e identidad. Por eso, para mí, la conciencia cultural es inseparable del reconocimiento de la memoria. No hablo solo de un fenómeno afectivo o emocional, sino de algo estructural que nos constituye y nos permite, finalmente, tomar conciencia de quiénes somos

 

De esto me surge una duda inmediatamente ¿Cómo se trabaja con y desde la memoria en contextos diversos, por ejemplo, en aulas donde conviven niñeces de distintos orígenes?

Ese es el gran desafío actual, especialmente en la infancia y la adolescencia. Vivimos en una cultura profundamente adultocéntrica donde somos nosotros, los adultos, quienes definimos qué tiene valor y qué debe ser recordado, invisibilizando las voces y propuestas de los más jóvenes. Tomar conciencia de esa diversidad en el aula es, precisamente, lo que nos permite empezar a construir un espacio común.

Aunque mi experiencia no es directamente en el aula, observo que incluso en hitos como el Día de los Patrimonios en Chile, la programación suele imponerse desde nuestra mirada. No preguntamos a los niños qué proponen ellos o qué consideran valioso. En un aula diversa —con niños de Marruecos, Ucrania o Chile—, la diversidad misma es el primer punto de encuentro. Compartir un espacio siendo distintos, con orígenes históricos y significados disímiles, es ya una base compartida sobre la cual empezar a construir, principalmente a través del lenguaje.

Recuerdo una experiencia en una escuela rural donde niños mapuche tocaban el trompe. Resulta que había niños de Suecia y Mongolia que reconocieron el instrumento, porque sus antepasados también lo usaban.  Esos hallazgos inesperados solo surgen cuando nos permitimos conversar y conocernos. Al final, no se trata de que las infancias reconozcan algo que ya existía ‘en común’, sino de que lo creen activamente. El diálogo y la escucha son los únicos procesos que permiten que esa diversidad decante en algo compartido.

 

Pensando en ese diálogo y escucha necesarios ¿Es realmente posible esta contextos marcados por desigualdades, por ejemplo, cuando facilitamos un proceso artístico y creativo? 

Sabemos que el canto, el teatro, la danza, los procesos creativos en general, nos permiten soltar. Y creo que ahí lo importante no es que el resultado sea una obra famosísima o algo espectacular, sino que nos permita fluir y construir desde el proceso individual hacia un proceso colectivo.

Cuando trabajas desde las experiencias, historias y memorias que cada uno trae consigo, empiezas a generar un conjunto, un colectivo. Y eso genera sentido de pertenencia y comunidad, tal vez a pesar de nuestras diferencias. Porque finalmente estos procesos nos permiten mostrarnos, pero también escuchar y conocer al otro, entender de dónde viene el otro, pero también desde dónde estoy yo y quién soy yo.

Y creo que eso es lo más interesante: entender que no se trata de eliminar las diferencias ni de que todos terminemos siendo iguales. Muchas veces pensamos la diversidad desde un lugar muy idealizado, pero en realidad la diversidad también implica desigualdades, tiempos distintos, lenguajes distintos y formas distintas de habitar el mundo.

Por eso creo que metodológicamente es muy importante generar espacios de escucha reales. Muchas veces queremos avanzar rápido, producir resultados, cumplir objetivos, pero se pierde algo fundamental, que es la conexión entre las personas. Y yo creo que a veces menos metodología es más. Porque cuando las personas logran escucharse, compartir vulnerabilidades y reconocerse desde sus diferencias, ahí empieza realmente a construirse algo común.

Y creo que eso también tiene mucho que ver con cómo aprendemos. Hoy vivimos muy encerrados en dinámicas individualistas y muy desconectados de la experiencia directa. En cambio, cuando uno observa, escucha, atiende el territorio, la naturaleza, las relaciones humanas, aparecen otros aprendizajes. Por ejemplo, Yo lo viví trabajando en humedales: entender cómo las comunidades observaban las aves para reconocer cambios climáticos o ciclos naturales te hace darte cuenta de cuánto conocimiento hemos dejado de atender. Entonces creo que los procesos creativos tienen justamente ese potencial: permitirnos volver a observar, escuchar y construir colectivamente desde nuestras diferencias, sin borrarlas.

 

Para terminar, y volviendo a tu experiencia en museos y patrimonio, ¿cuáles crees que son hoy algunos de los principales desafíos que enfrentan estas instituciones en relación con la diversidad cultural?

Bueno, es un campo en disputa. Hoy se habla mucho de descolonización y nueva museología, conceptos que nos remiten a la Mesa de Santiago de 1972, donde se propuso desplazar el objeto del centro, para priorizar al sujeto y su experiencia. Sin embargo, en la práctica, el museo sigue siendo una estructura de poder: una decisión sobre quién tiene el derecho de contar y cómo debe hacerlo.  Y he visto esta contradicción de cerca. 

Muchas comunidades indígenas hoy desean crear sus propios museos, pero sienten una profunda incoherencia entre la institución tradicional y sus propias necesidades. Para muchas personas y colectividades de pueblos originarios, la memoria no es un registro escrito ni un inventario de piezas; es oralidad viva. Hace poco estuve con un líder comunitario que buscaba proyectar esa memoria oral porque sus ancianos están falleciendo y, con ellos, desaparece un mundo entero. Lo fascinante es que hoy las nuevas generaciones se sienten orgullosas de esa historia, algo que antes no ocurría debido al estigma.

El problema es que la política pública sigue siendo colonial. Para que el Estado reconozca institucionalmente a un museo, les exige conservar objetos físicos bajo estándares técnicos rígidos durante años. Esto ignora que, en una comunidad, un objeto puede no tener valor arqueológico o científico para la élite del Louvre, pero es el corazón de su identidad territorial. Debemos transformar la política pública para entender que los hallazgos arqueológicos no son solo “material de estudio”, sino historias vivas que significan algo para las personas hoy. La pregunta de fondo es política: ¿qué es realmente el valor histórico? ¿Es el objeto inerte en una vitrina o es la memoria oral que lo mantiene latiendo en la comunidad? Si no cuestionamos ese canon, solo estamos replicando la exclusión bajo un nombre más moderno.